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Colección CALAMUS

Los momentos del agua, de Jeannette L. Clariond

Porque morir es florecer
Adriana del Moral

En este libro la autora aborda de manera particular dos de los grandes temas de la poesía: la divinidad y la muerte. Y es que, como menciona su epígrafe de Wallace Stevens, “la mayor idea poética en el mundo es y siempre ha sido la idea de Dios”, porque “las figuras de los poetas esenciales deben ser figuras espirituales”.

Por un lado, habla sobre la muerte, que nos quema real y metafóricamente, sobre la forma en que la pérdida nos abrasa, porque también se arde en agua con lágrimas que queman. Y con su reflexión al respecto, se mezcla la revelación del dolor, no sólo de cesar, sino también de existir:
Nací abrazada a un dolor
de extendidas raíces
cuya verdad es mi vida.

Ese antiguo dolor me sostiene.


Pero su aproximación a la muerte y el dolor no es unívoca, sino dual:
La muerte es la flor
cuando se abre.

Y, varios poemas más adelante afirma:
La primavera es la estación de la muerte.

A la divinidad, Clariond se acerca de muchas maneras: mediante la omnipresencia con la que discutimos cuestiones como nuestra percepción e identidad, y también por medio de una serie de complejas dualidades como erotismo/santidad y divinidad/carnalidad. Este último acercamiento lo resuelve tajante:
La pobre cruz de Cristo
Su sangre
Sus espinas
Después de todo
Nada es pasión
Sino madero irredento
¡Sólo un madero irredento!


Otros textos exploran la posibilidad de medir aquello que no podemos expresar en cantidades: el miedo del alma, el temor, no de la búsqueda, sino del encuentro… Asimismo, la autora asigna certeramente propiedades físicas a los sentimientos que nos carcomen, como cuando habla del óxido de la melancolía, o del deseo que nos nutre.

La capacidad de Clariond para encontrar el mundo en cada cosa, porque “una brizna es el universo entero”, se manifiesta en sus líneas sobre la naturaleza y el paisaje.

La naturaleza aparece en esta obra no sólo como paisaje, sino como ser con cualidades expresivas: la hiedra que se queda sin muro para crecer, las brillantes magnolias, los árboles como camino, la incertidumbre de las lilas, las nubes que se desangran, las hojas que caen heridas, o el viento que transmuta en vetas de malaquita.

En su escritura, el paisaje también posee insospechadas pero reveladoras cualidades: paredes como lienzos de hielo, rocas marinas como deidades rescatadas, piedras de sol que forman una ciudad ámbar…

La larga labor de la escritora como estudiosa del pensamiento y la religión del México antiguo se nos revelan también en ciertos poemas. En ellos, Jeannette nos dice que el agua tiene una lengua que habla lo mismo en máscaras de turquesa, que en los ojos membranosos de peces ofrecidos al emperador, el lento paso del caimán, o las doncellas bañadas en pulque.

Pero en este libro, esas voces antiguas conviven también con ecos de domingos en Central Park, anuncios del New York Times, heladas mañanas en Canadá e imágenes de aeropuertos rumanos.

Las referencias personales que hace la poeta son breves pero sugerentes. Por ejemplo, habla de su tía Jeannette que busca en las tazas de café las noticias que vuelvan extraordinarias las vidas simples. Y Clariond misma logra con sus letras tornar las paradojas de lo cotidiano dignas, no sólo de ser pensadas, sino hasta celebradas.

Ver ficha biobibliográfica de la autora




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